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08 noviembre, 2012

Aprender a Ser Felices: Capítulo I

      La felicidad es algo que nos preocupa a todos los seres humanos. Es la principal meta a la que aspiramos durante nuestra vida. Y si lo anhelamos tanto es porque todavía podemos ser más felices de lo que ya somos. No descubro nada nuevo si afirmo que muchas veces el impedimento para ser felices somos nosotros mismos, bien porque queremos ser lo que no somos, o porque nos llenamos de preocupaciones innecesarias que nos nublan. La felicidad es un estado espiritual (entiéndase interior) estable de aceptación personal, también para con los demás. Consiste en lo que de manera cursi se dice: encontrar tu lugar en la vida. Y ahí vamos… en proceso… puñetero aquel que lo logró y nos espera sentado, todo resuelto.

      Permitidme que utilice este espacio para compartir algunas reflexiones, que iré lazando de vez en cuando, sobre este tema capital de la felicidad. Reflexiones que son lanzadas cual botella al mar, esperando en la estrechez del recipiente a que algún alma caritativa las recoja. Para empezar, voy a hablaros sobre los nubarrones que, desde mi punto de vista, a menudo alejan a las personas de la felicidad. Son nubes que surgen, negras y tenebrosas, como fantasmas en la noche.



Fantasmas

     Pocas cosas hay más aterradoras que los fantasmas, esos supervivientes de la muerte que traen consigo desasosiego y terror. El hombre racional nos dijo tranquilizador que estos espectros no existen, que son producto de viejas supersticiones. Pero no es verdad. Los fantasmas están ahí. Penan entre nosotros como lo hacían por los castillos medievales aquellos seres translúcidos y ensabanados que arrastraban cadenas. Pero no voy a hablar de almas en pena ni de vestigios del más allá.

     Los verdaderos fantasmas no son rostros fúnebres que se aparecen en los espejos, ni las almas descarnadas de los muertos; tampoco las ánimas vengativas que describía el poeta Bécquer con afanado romanticismo. Estos fantasmas no asustan, pero dan miedo. Son invisibles, aunque su presencia e intensidad casi pueden palparse. Aparecen en los momentos más vulnerables, cuando estamos desprevenidamente contentos. Asolan la mente y calan de melancolía hasta el más profundo pensamiento alegre. Hay quien los llama penas, preocupaciones o paranoias; también comecocos. Otros, más funcionales ellos, simplemente, rayadas mentales. Pero lo cierto es que tienen transcendencia, ya solo sea por el desbarajuste emocional que provocan.

      Los fantasmas se materializan interrumpiendo toda actividad, agudizando la atención y haciendo que el ruido ambiental pase a segundo plano. El recoveco más animal del cerebro nos visita, premonición de algo inminente que va a procurarnos insufribles quebraderos de cabeza. Al fin y al cabo, el fantasma es la inseguridad hecha culebrón. Antiguos asuntos inacabados que nos atrapan cuando no podemos huir más. Una guerra que estalla y no para de retumbar por la cabeza.

     El fantasma con forma de remordimiento es uno de los más oscuros. Se aparece con virulencia cuando tenemos asuntos pendientes para ser perdonados. Está el fantasma de la preocupación, que aqueja a las madres cuando sus hijos vuelan fuera del nido. También hay fantasmas amargados que huelen a desamor y duelo. Por otro lado, los fantasmas patológicos son algo más serio. Acechan a personas con trastornos psiquiátricos y tienen, francamente, difícil arreglo.

     Sin embargo, de entre tantos espectros, existen unos muy habituales, más sigilosos que el resto. Es muy común sentir temor a ser uno mismo. Paradójicamente, en la sociedad más libre y plural de la historia da miedo renunciar al color de camaleón. Da igual que pretendamos hacer lo correcto. La racionalidad de cada quien no es capaz de atravesar la presión de los cánones sociales, que suelen ser a menudo irracionales. Como resultado, la personalidad individual queda retraída. Es tan ancha la inseguridad que las convicciones personales se vuelven grises, hasta el punto de transparentar, como genuinos fantasmas. La presión social, esa hipocresía de las masas, aparta la singularidad personal al ámbito privado. La persona se vuelve entonces invisible, indistinguible entre las demás. Es el fenómeno que, curiosamente, está de moda llamar normalidad.

    No obstante, el individuo no es que sea hipócrita, simplemente está demasiado ocupado ahuyentando al comecocos como para dedicarse a pensar. No nos engañemos, todos proyectamos cierto halo fantasmagórico a nuestro alrededor. En nuestra mano está  espantar definitivamente los pájaros negros: aquellos temores innecesarios que oscurecen la felicidad. Entre todos podemos abandonar el estado fantasmal hacia otro más consistente y humano.

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