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06 marzo, 2013

Pedagogía de los Premios y las Recompensas

       El de las recompensas en la educación es un tema muy interesante a la hora de educar. Debemos recurrir a la psicología para analizar la influencia que las recompensas tienen sobre el comportamiento humano. Todos los organismos biológicos, al margen de su complejidad, buscan bienes que satisfagan sus necesidades vitales o que les causen placer, hasta tal punto que su comportamiento varía ante el posible logro de una recompensa. Tenemos como referencia los experimentos clásicos de Paulov o Skiner (condicionamientos clásico y operante), que dejaron claro que los animales podemos ser bastante previsibles. Somos fáciles de condicionar.



         El caso del ser humano esto no es una excepción, ya que nuestro cerebro primitivo está encaminado al logro de substancias y objetos que le susciten bienestar. Solo que los humanos poseemos mecanismos (biológicos como mínimo) que nos dotan de facultades personales (espirituales), lo que nos diferencia del resto de seres vivos. Consciencia, inteligencia, voluntad, sentido de trascendencia... estas facultades son las que posibilitan un comportamiento selectivo hacia los bienes, y hacen del ser humano algo más complejo que un circuito biológico regido por el objetivo de sobrevivir.

       La implicación en la educación que tienen las propuestas anteriores es total. Si adiestráramos perros podríamos conseguir un comportamiento maravilloso con un pedazo de mortadela; y para lograr comerse un azucarillo el caballo se postraría ante nuestros pies. Sin embargo, no podemos educar a los niños a base de golosinas, videojuegos y horas de televisión. El uso de las recompensas es eficaz - podemos dirigir comportamientos determinados a base de refuerzo positivo - pero una pedagogía basada en esto sería reducir los niños a primates.

           Los niños deben aprender que todas las acciones no tienen una recompensa final, al menos no inmediata. Muchas veces se debe trabajar para lograr satisfacción inmaterial y, en ocasiones, para no perjudicar a terceros (no hablar en clase por ejemplo). No podemos pretender que después de cada ejercicio bien resuelto se les deje hacer un dibujo. El premio tiene que ser esporádico y no tiene que premiar acciones concretas. Por ejemplo, al graduado su familia suele hacerle un regalo, por todo su trabajo, no por superar una asignatura concreta. Lo mismo pasa con los niños. Un padre no puede ligar el buen comportamiento de su hijo a un "Bollicao".

          Existen muchos programas de modificación de conducta que entre sus herramientas incluyen las recompensas como refuerzo. Ha de entenderse que en estos peogramas se busca efectividad y provisionalidad, a modo de tratamiento para un enfermo. Cuando el paciente se recupera no es conveniente continuar suministrándole antibióticos, si no que resulta perjudicial. Lo mismo pasa con los premios, son recursos muy potentes de los que no hay que abusar.

Los niños son humanos, "supraanimales", no los tratemos 
como si fueran perrillos de las praderas.

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